Por Roberto Casella. Militante de la Asociación ItaliaCuba, colaborador del periódico El Moncada.
Hoy nos enfrentamos a una batalla que no es nueva, pero que en nuestra época adquiere una dimensión fundamental. Me refiero a la lucha cultural; ya hace un siglo, pensadores como Antonio Gramsci advertían de cómo se utiliza la cultura para perpetuar el poder de los grupos más privilegiados: sabemos que el pensamiento dominante en una sociedad lo determina la clase dominante. En la estrategia moderna de los conflictos desarrollados, observamos la guerra denominada «neocortical», un concepto relacionado con el intento de influir directamente en las mentes y en las decisiones.
El término deriva de la palabra «neocorteza», que es la parte del cerebro humano asociada al pensamiento racional, donde nacen las decisiones conscientes. Intenta manipular la información y las emociones para influir en las decisiones de los individuos, de los grupos e incluso de sociedades enteras. Se vale de tecnología avanzada, como la inteligencia artificial y el análisis de datos masivos. Además de los campos de batalla convencionales, se utilizan armas de guerra híbridas en las que la información y la manipulación cognitiva se han convertido en armas letales.
Es la evolución natural de estrategias probadas a lo largo de los años. El derrocamiento de Slobodan Milosevic en Yugoslavia sirvió de banco de pruebas y, desde entonces, el esquema se ha aplicado, con variaciones, en Georgia, Ucrania, Kirguistán y otros países, el último de ellos Honduras en 2025.
El 11 de julio de 2021, Cuba fue objeto de una sofisticada guerra cibernética destinada a desestabilizar, de forma caótica y violenta, la sociedad y justificar así una posible injerencia militar de EE. UU. La guerra de cuarta generación requiere el control de los medios de comunicación de masas y su transformación en armas de guerra psicosocial en colaboración con la red informática, la fibra óptica y los dispositivos electrónicos de tráfico, utilizados como instrumentos elaborados en los sótanos del Pentágono y de la CIA.
En 2018 se creó una fuerza de trabajo de Internet para Cuba bajo el mando de Acción Política, que forma parte del Centro de Actividades Especiales, una división de la CIA que realiza análisis basados en Big Data y recopila perfiles de sujetos que pueden ser utilizados. Este grupo contrata a «ciberasesinos» para llevar a cabo campañas de desprestigio cívico y social.
Nuestro papel como asociación solidaria, por lo tanto, es estar presentes en este espacio informativo. Es cierto que no podemos transformar la hegemonía narrativa sobre Cuba, pero debemos y podemos luchar ocupando espacios en los medios alternativos y en las redes sociales.
Para contrarrestar esta situación debemos construir una contracultura que cuestione estos valores y proponga alternativas más justas. Utilizar las mismas herramientas de la guerra cognitiva. Del networking y de las redes neuronales. Crear espacios culturales alternativos que celebren la diversidad y desafíen las narrativas hegemónicas. Impartir, periódicamente, formación específica para utilizar las redes sociales.
Como decía Simón Rodríguez, preceptor de Simón Bolívar, en el siglo XIX: o inventamos, o nos equivocamos. Actuar en los espacios en disputa desde posiciones que divulguen la verdad, combatan la mentira y las narrativas que pretenden imponernos para dominarnos, es tarea inmediata de todos.