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La división psíquica

Por Marcelo Cabeza

El descubrimiento freudiano que da origen al psicoanálisis es que no somos solo lo que creemos ser, lo que tenemos sabido de nosotros mismos, lo que vemos cuando nos auto observamos. A menudo al mirarnos a nosotros mismos hay cosas que no vemos y ahí puede pasar que ocurran consecuencias no deseadas en nuestras vidas, que son la consecuencia de una realidad desconocida que puede identificarse con el concepto de la canción: cuando la mentira es la verdad. La famosa división freudiana una y otra vez es verificada en la clínica. Cuando el sujeto en tratamiento dice no saber por qué hace determinada conducta. Que repite una y otra vez, por ejemplo un consumo descontrolado; ha manifestado claramente y más de una vez, preguntarse eso, porque es una acción que no sabe por qué la hace.

O quien refiere que prefería una y otra vez volver o quedarse con quien tal vez lo engañaba -tenía más que una sospecha la certeza- y que le había hecho creer que eran suyos hijos y no eran de él hasta el punto de hacerse un ADN para saber la respuesta. Y decir que no tenía posibilidad de dejarla y que por eso volvía y volvía y siguió volviendo y siguió con esa persona a la que consideraba tóxica, bruja, atorranta. También víbora.

“Pensar con la de arriba o pensar con la de abajo” otra genialidad dicha por alguien en análisis. ¿Qué mejor definición? Definido como el lado A y el lado B de la otra persona, esa idea nos abrió la puerta para un largo trabajo de análisis que derivó en la conclusión de sus propios lados A y B. Decía que cuando el pensamiento le venía desde abajo le daban ganas y volvía (luego de sucesivos desalojos más o menos violentos agresivos con sarta de improperios y recriminaciones).  De bien que estaban pasaban a un vendaval arrasador. Mientras que cuando pensaba con lo de arriba concluía que iban a volver a caer en lo mismo, a “estar bien un día dos. Una noche y otra noche, unas semanas, a veces meses pero después otra vez lo mismo”.

Sabemos de esa división entre cuerpo de deseo sede del placer y el resto que no lo es, que explica que somos más que “cacho de carne” y que, en las relaciones sentimentales, hay otras cosas. O debería. Y esto en ambos miembros de la dupla, porque ocurre que la otra persona también está dividida entre el deseo de placer, la necesidad de proveerse de satisfacciones, de disfrutes de recompensas, pero su realidad psíquica es más que eso y a veces está también su pequeña o gran locura, su yo salido de control, insaciable e indómito.

O aquella mujer que le había perdonado siempre las infidelidades porque no podía vivir sin él, y ahora el mundo, al morir él, se le había derrumbado. Alguna vez lo expresó: “no entiendo qué me hizo ser así, por qué me siento tan mal si al final, él era un maldito”. Amargo desencuentro con un sí mismo que creía conocer.

¿Cuál sería la solución, qué se puede pensar como sano o saludable? Diría que se trataría de una ecuación en la que haya la menor distancia psíquica entre a y b. Lado A y lado B, (que todos tenemos nuestras cosillas), siempre hay algo para resolver pero que no sean las dos caras de la luna. O Míster Hyde y el Doctor Jekyll

¿Qué ves? (Diego Arnedo-Ricardo Mollo) ¿Qué ves? ¿Qué ves cuando me ves? Cuando la mentira es la verdad
¿Qué ves?
(Diego Arnedo-Ricardo Mollo)
¿Qué ves?
¿Qué ves cuando me ves?
Cuando la mentira es la verdad

Técnicamente, procurar que haya una mejor relación entre consciente e inconsciente, una menor distancia. Un mejor entendimiento, un mejor conocimiento, una mejor relación entre consciente preconsciente e inconsciente. Sería el aspecto de la labor terapéutica de lograr un autoconocimiento en la persona en consulta o alguna sintonía, que se acceda a un saber que logre dominar ese deslizamiento (que pueden ser también los consumos que se van volviendo problemáticos, las dependencias afectivas que se vuelven tóxicas) que no sea todo el tiempo un desmoronarse la voluntad hacia el lado del canto de sirena, del llamado de la sangre caliente, del empuje al goce. Un andar por la vida inconsciente en el que me arrimo por esa atracción fatal pero como somos seres hablantes, después llega la instancia del diálogo más o menos racional y aparece esa otra realidad, esa otra parte y allí descubro que estoy en desacuerdo en todo y peleo todo el tiempo y que estamos juntos por una atracción física sexual, una necesidad más que un deseo y después no compartimos nada.

Por eso es tan importante en la pareja esa dimensión que llamamos de los valores aunque suene antiguo, del pensamiento, las creencias, hábitos, costumbres que nos hablan de que pertenecemos a una misma o diferentes versiones de la cultura en la que vivimos. Que tienen que ser más o menos coincidentes, parecidos, no idénticos que sería pura ilusión fantástica infantil, siempre dentro de la realidad de que somos diferentes y no “dos gotas de agua”, que ni siquiera existen así de iguales en la realidad.  Pero algún piso de coincidencias tiene que haber. Ahora bien, “el infierno en la cabeza” cuando lo hay complica esto más aún. Es lo que trata de descubrir una terapia para desarmar esos circuitos nocivos, para salvar la pareja actual si es el caso, o para estar un poco más liviano de mochilas impedidoras en una próxima relación. Que no se vuelva a frustrar, la posibilidad de ser feliz.

Marcelo Cabeza: psicólogo argentino

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