Batalla contra el animal insaciable

Por Donovan Arteaga

Estamos frente a lo que pudiera ser la debacle de nuestra civilización. Esta afirmación pudo haber sido pronunciada, y seguramente así fue, desde el siglo pasado y sería igual de cierta que hoy.

Tras el desarrollo de todo un arsenal de armas de destrucción masiva cada vez más letales, el animal humano puede optar por, al menos, tres posturas: la primera se opone rotundamente a la sed del constante progreso armamentístico, puesto que puede resultarle absurdo y suicida dicho interés; la segunda se trata más bien de una indiferencia ante la situación, o sea, si la persona en este caso está enterada del asunto, no toma postura, puesto que hacerlo no resulta relevante para su existencia, muy probablemente cree que el simbólico “Reloj del Apocalipsis” es la invención de un mito, en el sentido peyorativo de la palabra; la tercera actitud, y la más funesta, se ancla, no sólo en el supuesto de que las armas no acabarán con la humanidad y mucho menos con el mundo, sino en la certeza de que la lógica de la guerra trae beneficios a la humanidad. Normalmente estos “beneficios” significan ganancias monetarias; es decir, en el desarrollo de la referida lógica, el dinero ocupa un puesto central.

No es necesario identificar a las personas que asumen la última postura, pues en su mayoría disfrazan su disposición y, por ello, no declaran ser partidarios de dicha actitud. Tampoco hace falta hacer una larga lista de todas las masacres perpetradas por el animal humano, acompañadas de un recuento de la totalidad de las víctimas de su misma especie, de otras muchas más y de la destrucción del planeta que dicho espécimen ha generado. Todo esto requeriría de un espacio sumo del que no disponemos aquí. Además, una gran cantidad de los estragos debidos a la tercera postura se puede ver hoy en los medios de información. Basta con mencionar las migraciones, la hambruna existente y la que se espera a causa del desabastecimiento de alimentos, la guerra Rusia-Ucrania y los actos de violencia y barbarie en múltiples localidades de México, por mencionar un sólo país del mundo.

No obstante, quisiera referirme a un caso que particularmente llama mi atención: la muy probable extinción de la vaquita marina. Lo primero que hay que tener en cuenta es que dicho espécimen es una víctima colateral de la pesca ilegal de la totoaba, corvina blanca o cabicucho —especie que, hasta hace poco, también fue considerada en peligro de extinción—.[1] Ese pez es muy solicitado por sus supuestas propiedades curativas y afrodisiacas en el mercado negro asiático. La vaquita marina queda atrapada entre las redes fijas de malla que son colocadas para capturar al codiciado pez totoaba.

Esa actividad inescrupulosa y destructiva tiene como fundamento la sed de dinero por parte de los grupos y personas que participan en este tipo de comercio: desde los traficantes del mercado negro asiático, que se encargan de distribuir la vejiga natatoria o buche del cabicucho, pasando por los mercaderes de la especie en México y los pescadores que se niegan a detener la captura de este pez, hasta los cárteles mexicanos ávidos por capitalizar ese negocio jugoso, como lo mostró hace casi dos meses la investigadora y experta en crimen organizado Vanda Felbab-Brown.[2]

Pero ¿qué hay de las personas que consumen estas y otras especies en peligro de extinción? Es decir, ¿de qué clase de personas hablamos cuando nos referimos a quienes anteponen sus deseos de vanidad, de tener experiencias gastronómicas o eróticas, aun sabiendo el costo ecológico de dichas prácticas? Ese mercado exótico y frívolo –y hasta estúpido– implica la aniquilación de una o más especies en peligro de extinción; implica, también, la movilización de poderes fácticos que, a su vez, atentan contra la vida de otros tantos seres vivos.[3]

¿Qué hacer frente a una atrocidad así por parte del animal humano? ¿Cómo podemos evitarla además de la obvia —que no por serlo es menos importante— abstención de consumir directa o indirectamente estas especies?

Parece que nos hallamos ante una inminente extinción, no sólo de la vaquita marina, sino de toda especie susceptible de satisfacer los deseos del animal humano por vivir experiencias vanas. Una batalla más contra este animal insaciable. Parece que no tenemos otra opción que la resignación ante un futuro desolador como este.

Esto no es más que una forma de justificar la segunda actitud apoyada en el viejo proverbio que dice “Si un problema tiene solución, ¿para qué te preocupas? Si no la tiene, ¿para qué te preocupas?”. Pero esto no se aplica en circunstancias como la descrita. Si uno no se preocupa por estas cosas, no hay forma de ocuparse después.

Preocuparse no sólo se refiere al momento previo a determinada acción en busca de algún propósito, sino que también al instante de angustia, inquietud o temor por algo que pueda perjudicarnos. Sin este sentir resultaría difícil dirigir la voluntad con vehemencia, para evitar que estas destrucciones masivas acontezcan. Además, las consecuencias de terminar con una gran cantidad de especies podrían tornarse en teorías conspirativas, “cuentos chinos” como lo declaró en alguna ocasión el expresidente Donald Trump, a propósito del calentamiento global.[4] Habría que conseguir la preocupación de la mayoría de los animales humanos para que, después, se ocupen de la situación y se garantice un movimiento en pro de la conservación de la biósfera y, con ello, de nuestro planeta.

Asimismo, se tendrían que difundir videos, imágenes, documentales, que den cuenta de las masacres perpetradas por el animal humano para, con ello, colocar en el centro de las preocupaciones diarias de las personas la extinción de gran cantidad de especies. Esto podría generar un cambio radical en los seres humanos; una transformación ética que nos llevaría a atender tales temores, angustias e inquietudes y, de esta manera, a la conservación de tantas especies que están cerca de su desaparición total. Pero la realidad de las grandes corporaciones mediáticas está muy lejos de coincidir con propósitos e iniciativas tan urgentes, como lo demuestran, por ejemplo, películas como An Inconvenient Truth (David Guggenheim, 2006), o Cowspiracy: the sustainability secret (Kip Andersen y Keegan Kuhn, 2014), o Le sel de la terre (Wim Wenders, Juliano Ribeiro Salgado, 2014), entre otras.

Al final del día, a pesar de que hay estudios que revelan que este cetáceo está aprendiendo a evitar las redes de pesca[5], el panorama no pinta nada bien para la vaquita marina, ni para la totoaba, ya que no hay indicios del cese de la demanda clandestina de esta especie, y el impacto de la estrategia de seguridad del gobierno contra los grupos delictivos que están detrás de ese negocio ilícito y destructivo no se hace sentir. Tampoco se observan avances en una transformación ética de las personas, impulsada desde las instituciones públicas y privadas. ¿Vamos a permanecer así?


 

Referencias

[1] https://n9.cl/9v2zf

2 https://n9.cl/x5in8

3 https://n9.cl/kjri3

4 https://n9.cl/cl1in

5 https://n9.cl/2dqvd

Donovan Arteaga: filósofo mexicano egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente realiza estudios de posgrado en dicha institución.


 


 



 

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