Oscar y la catarsis

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por Amado Martínez Lebrón | 17 de Abril de 2015 |

Con ustedes, Oscar

Oscar López Rivera es un prisionero político puertorriqueño. Está preso desde el 1981 por conspirar contra el sistema que ahora mismo lo tiene preso. Lleva 33 años en la cárcel, nunca mató a nadie, pero está siendo castigado por ser miembro de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), algunos sugieren que probablemente era el líder. Oscar es un veterano del ejército norteamericano en su guerra contra Vietnam y un revolucionario de izquierda bona fide, como muchos otros antes que él. A Oscar se le encierra como castigo, pero también como escarmiento para todos y todas quienes como él, piensen en conspirar o ya conspiren. Oscar es libre, porque se le ofreció salir en el 1999 junto a otros de los rebeldes y dijo que no, hasta que no salieran todos sus amigos.

Preámbulo

Con el castigo a Oscar, entre muchas otras cosas, el imperio estadounidense nos dice que nos quitará la libertad si exigimos ser libres. Pero si bien es cierto que el gobierno de Estados Unidos nos amenaza con quitarnos la libertad usando a Oscar como ejemplo, no es menos cierto que nos matarían si pudieran, antes de encarcelarnos. Podría ser inclusive peor, y como le hicieron a Don Pedro Albizu Campos, podrían torturarnos en la cárcel casi hasta la muerte. Podría pasarnos como a Carlos Soto Arriví y Arnaldo Darío Rosado, que fueron entrampados por agentes del gobierno y empujados a cometer actos criminales (ver caso Cerro Maravilla) el 25 de julio de 1978, en el octogésimo aniversario de la invasión Norteamericana, con el único propósito de tener la justificación perfecta para matarlos y usarlos como escarmiento para el independentismo puertorriqueño. Igual pasó con Carlos Muñiz Valera que fue asesinado por la CIA a través de grupos contra-revolucionarios anti-castristas en Puerto Rico, por su relación con la Cuba revolucionaria. Y por supuesto, nos podría pasar como le pasó a Filiberto Ojeda Ríos si nos rebelamos, y terminar asesinados por el FBI estando prófugos en nuestra propia casa.

Muchos independentistas han sido asesinados desde que nos invadieron los Estados Unidos en el 1898, muchos han sido ejecutados por estar relacionados directa o indirectamente a la lucha por la independencia de Puerto Rico como lo evidencia la masacre de Rio Piedras en 1935, la Masacre de Ponce en 1937, el ataque aéreo militar al pueblo de Jayuya en el 1950, entre otros casos. Todos son prueba de la represión estadounidense, pero también de la voluntad política de muchos y muchas puertorriqueñas. Cientos sufrieron inclusive sin estar directamente asociados con la política o la revolución, y se le abrieron expedientes y eran atormentados con amenazas, perseguidos y hasta exterminados como testifica el asesinato del hijo de Juan Mari Bras, Santiago “Chagui” Mari Pesquera, en el 1976. Su asesinato tenía la intención de atormentar profundamente a Juan Mari Bras y a su familia, siendo para ese entonces éste, un importante líder socialista e independentista en Puerto Rico.

El asesinato de Filiberto Ojeda Ríos a manos del FBI, es particularmente relevante para la reflexión que quiero compartir; primero, porque deciden asesinarlo un 23 de septiembre, y en ese mismo día, pero del año 1868 se levantaron cientos de isleños contra el imperialismo español en lo que se llamó el Grito de Lares; y segundo, porque fue ya hace 10 años y podemos decir con seguridad que no estimuló resistencia antiimperialista alguna en Puerto Rico. El brutal asesinato de Filiberto de alguna manera me parece que podría simbolizar la muerte de la lucha concreta contra el imperialismo, cuando no consiguió provocar nada más allá de la indignación simbólica.

Una reflexión rápida podría sugerirnos que quizás ocurra que Puerto Rico ya no se considera a sí mismo una colonia explotada por EEUU. Podríamos quizás concluir que los revolucionarios separatistas ya no tenían vínculos reales con el país, o inclusive dudar si alguna vez los tuvieron. Podría ser que mucha gente sepa que estamos explotados pero no le encuentran la salida y están resignados a ser una colonia. También, la razón para la gran apatía o la pasividad que evidenciamos ante nuestra explotación colonial, podría deberse a que el sistema de mercado haya conseguido el triunfo definitivo con su propaganda. Y aquí, cuando me refiero a propaganda, hablo del mundo del espectáculo, del mercado y de sus medios, de la prensa, de la iglesia, de la escuela y de la represión como amenaza constante. Pero para ilustrar el punto de que la lucha por la independencia desde la autogestión ha desaparecido como opción en la cabeza de la mayoría de los puertorriqueños y puertorriqueñas, quizás ayude hacer un ejercicio de contraste.

La otra cara de la lucha

En Puerto Rico, en el 2012, mataron a un publicista de clase media en un barrio pobre y cientos de personas desbordaron indignadas las calles. Su muerte fue horrible, pero la denuncia a la violencia, que se empuñó como respuesta desde la clase a la que pertenecía la víctima, no fue otra cosa que la estigmatización del pobre y la glorificación del estilo de vida burgués. Por pertenecer a la clase media se convirtió en un mártir de la pequeña burguesía, y se le atribuyó a la víctima mayor valor social que a sus conciudadanos pobres. Se desprestigió así la clase social de los asesinos, desbocando en la propagación de la ideología que justifica la persecución de la pobreza y glorificando el paradigma de consumo desde la repetición ad náuseam de la ocupación del “publicista” como si fuera de gran importancia social pertenecer a ese ámbito de la economía.

Así, todos fueron José Enrique, el “publicista”, y se convirtió en el “poster boy” de una clase aterrada por las consecuencias de la pobreza. Se luchó contra la violencia como si fuera resultado de estar sin dios o de una maldad abstracta, que se apodera incidentalmente de la gente sin dinero, sin educación, sin salud, sin padres y sin futuro. El asesinato de José Enrique llevó a toda una clase social en Puerto Rico y a sus seguidores o dependientes, a levantarse por sus intereses. Tras verse amenazados, querían sentirse seguros en la calle y salieron a protestar por su derecho al privilegio, pero sobre todo, luchaban para ser defendidos por la policía.

Siete años antes, en el 2005, el FBI rodeó la casa en donde se encontraba Filiberto Ojeda Ríos, un viejito de 72 años, y le dispararon desde la distancia hasta herirlo y luego lo dejaron desangrar hasta la muerte. Su asesinato no provocó nada más allá de la indignación alegórica de un puñado de personas.

Como se puede apreciar, de un lado, se indigna un país entero por el asesinato de un hombre común de clase media a manos de pobres marginados, aún cuando este no tenía ningún mérito excepcional más allá de ser un ser humano querido por familiares y amigos, como deberíamos serlo todos; mientras del otro lado, la mano dura del Imperio asesinó a tiros en su casa a un veterano revolucionario, que era único en su clase, y no pasó nada.

Yo no estoy diciendo que José Enrique no se mereciera la defensa popular tras su vil asesinato, sino que simplemente insisto en que Filiberto también se merecía la suya. Hoy queda una que otra canción que algunos cantan en sus viajes a Europa o a Venezuela, pero más allá de las escasas expresiones artísticas que nos lo recuerdan, la muerte de Filiberto no pareció avivar el independentismo o la rebeldía.

En el 2012 se consultó al país sobre el estatus con un plebiscito. De 2,402,943 personas inscritas votaron solo 1,775,893. De partida, notemos que sin contar quienes no están inscritos, 627 mil personas no participaron de la consulta, lo que podría ilustrar algún nivel de apatía ante el tema del estatus o a la forma en que se da. De los votantes, la mayoría, o 958,915 personas para ser exactos, ya no quieren vivir en un Estado Libre Asociado, de ellos 824,195 quieren la estadidad y solo 74,812 la independencia.

Con Oscar

Oscar está preso tras haber sido acusado de querer robar bancos para comprar armas. El FALN, organización a la que pertenecía, quería hacer un ejército como lo quiso hacer antes Albizu y Betances. Ese es su legado y en esa acción revolucionaria está su valor. Oscar sin embargo perdió, pero su derrota no es solo suya, sino nuestra, porque al parecer no tenemos más personas como él.

La historia de Oscar ya es bastante conocida y se puede leer en muchas partes si se está buscando. Así que en esta reflexión busco más que explicar quién fue Oscar, tratar de apuntar a lo que representa en este momento histórico, y lo que podría estar representando justo cuando el tema de la descolonización está prácticamente ausente en Puerto Rico. Todavía se menciona como un lastre de campañas políticas recicladas y se hacen gestos para justificar el uso de fondos públicos pero no existe ni siquiera entre los anexionistas, un movimiento serio con la agenda de descolonización. No parece existir ni tan siquiera el interés en el tema, porque la mayoría de las personas no reconocen lo que significa estar viviendo en la colonia.

En Puerto Rico vivimos enajenados del poder político y económico. No controlamos nuestras propias riquezas naturales. Vivimos en una isla tropical que importa pescado y frutas porque no se siembra ni se pesca. Al mismo tiempo, empresas multinacionales como Monsanto tienen más de 1,500 acres de tierra sembradas con experimentos, cuando la Constitución prohíbe tener más de 500. Walmart, la empresa más rica del planeta, recibe exenciones y subsidios del gobierno de Puerto Rico. Más del 80% de lo que consumimos en la isla es importado. Vivimos de la construcción y del servicio con 3.5 millones de habitantes (éramos 3.7 pero en los pasados 51 meses se han ido más de 177 mil puertorriqueños). Menos de 983 mil personas tienen trabajo. El 44.9% de la población está bajo el nivel de pobreza pero se hizo la ley 22 de 2012 para darle exención contributiva a los millonarios extranjeros que se muden a la isla y los bonos del gobierno están exentos de pagar contribuciones si los compran extranjeros. Nuestra quiebra financiera ha sido consecuencia de la especulación con bonos del gobierno y la deuda pública es resultado directo de la corrupción. La Constitución del Estado Libre Asociado de Puerto Rico obliga a que se le pague a los bonistas por sobre todas las cosas, incluso por encima del bienestar de la mayoría. Las empresas estadounidenses tienen privilegios de exención y subsidios, mientras se ahogan a las corporaciones nativas. Nos obligan a usar la flota mercante estadounidense que es la más cara del mundo, y somos el territorio de los EE.UU. con más impuestos, con menos beneficios y con el mayor índice de pobreza. No podemos decidir sobre el futuro de nuestro país de ninguna forma y es dentro de ese marco de explotación, que parecería haber sido derrotado el independentismo revolucionario con su último héroe muerto, los viejos presos y las mayorías ajenas al debate. En definitiva, los imperios ganan por la fuerza y la represión, pero también por su propaganda.

La sumisión de la catarsis

Según el Diccionario de la Real Academia Española, catarsis significa purga, purificación:

  1. f. Entre los antiguos griegos, purificación ritual de personas o cosas afectadas de alguna impureza.2. f. Efecto que causa la tragedia en el espectador al suscitar y purificar la compasión, el temor u horror y otras emociones.3. f. Purificación, liberación o transformación interior suscitados por una experiencia vital profunda.4. f. Eliminación de recuerdos que perturban la conciencia o el equilibrio nervioso.5. f. Biol. Expulsión espontánea o provocada de sustancias nocivas al organismo.

Quizás no sea tan fácil entender por qué es un serio problema social y político la propaganda del Estado. De igual forma, para las mayorías, es igual de difícil medir las consecuencias de la catarsis que provocan algunas de sus vertientes y manifestaciones. No es fácil tampoco, ver cómo nos programa y nos ordena. Sin embargo, aunque no estemos conscientes de cómo lo hace, el sistema consigue de muchas formas y en una inmensa cantidad de niveles, nuestra rendición a sus intereses. Aquí quisiera describir brevemente cómo lo consigue usando la catarsis.

¿Alguna vez se han preguntado por qué Hollywood, una de las columnas del poder, con su capacidad de propaganda a un nivel incalculable, financia películas anti-sistema? Hollywood ha sido la punta de lanza del imperialismo cultural por décadas, su propuesta artística ha marcado la historia y tiene su poder puesto justo sobre los mercados. El cine POP define las opiniones, el carácter y las modas, de miles de millones de personas diariamente. Por lo tanto, ¿por qué una industria multibillonaria como esta, que tiene todo su poder sobre la base del sistema capitalista de explotación, invierte en propagar historias con temas revolucionarios en sus películas? ¿Por qué gana el rebelde tantas veces, aún cuando su victoria contradiga los intereses de sus creadores? ¿Por qué existe por ejemplo, un cantante como Calle 13, que se hace de su fortuna tras convertirse en un ídolo de multitudes, por ser “anti-establishment” y entre otras cosas, por escribir una canción incendiaria contra el gobierno federal de EE.UU. tras el asesinato de Filiberto Ojeda Ríos? ¿Por qué puede existir un mercado de música contestataria y anti-sistema financiado por el sistema mismo? Es sencillo, esto ocurre porque se descubre que es lucrativo ese nicho del mercado y al serlo, ya no importa lo que diga, sino el dinero que genere. Al hacerse lucrativo en el capitalismo un proyecto anti-sistema, deja de ser anti-sistema porque ya no quiere destruir la fuente de su riqueza y privilegio. Por la misma razón, Ricardo Roselló, un candidato a la gobernación por el Partido Nuevo Progresista (PNP), que es el partido conservador y anexionista de Puerto Rico, e incluso hasta el mismo gobernador, principal administrador de la colonia, pueden abogar por la excarcelación de un revolucionario independentista puertorriqueño como Oscar, sin aparentemente entrar en contradicción con sus ideas. Lo pueden hacer porque a Oscar se le ha quitado su contenido revolucionario y se ha convertido en una obra de caridad en el mercado, accesible para quien quiera comprarlo.

Hollywood

El final feliz del revolucionario en la pantalla grande, como ocurre en “Figth Club”, “The Hunger Games”, “Avatar”, “The Matrix” o “Total Recall”, por solo dar ejemplos recientes, populares y taquilleros, nos hacen sentir que ganamos, que nos vengamos un poco con la reivindicación de nuestra frustración desde el asiento del espectador. El cine siempre nos afecta, a veces dándonos valores estéticos generales o una moral social de intercambio, pero también moldeándonos la visión de mundo. Todo el entretenimiento “mainstream” es propaganda.

Las representaciones de  revoluciones en la pantalla de cine son lucrativas porque apelan a grandes grupos de personas que perciben las contradicciones del sistema y sufren en él de diferentes maneras pero piensan que es imposible cambiar las cosas porque saben sobre la fuerza que ostenta el Estado, casualmente, tras ver películas también. La película como cualquier otra canalización de frustración a través del arte o la auto-gratificación, alivia la frustración si encontramos la resolución de un conflicto personal en la acción dramática.

Así las cosas, muchas personas compran música de protesta y terminan creyendo que es un acto revolucionario adquirir un disco de Silvio, de Rage Against the Machine o de Calle 13. Muchos terminan convencidos por alguna razón, de que es un acto transgresor comprar algo en el mercado capitalista y que de cierta manera, apoyando a una empresa multinacional y multimillonaria con el dinero fruto de nuestro trabajo, se transgrede algún orden. Muchos lo piensan porque han sido víctimas de la propaganda del sistema. Esa ilusión de transgresión ocurre a nivel síquico y desde esa canalización del ímpetu usted se alivia lo suficiente como para desistir de canalizar la frustración llevando a cabo el acto rebelde.

La catarsis que se consigue tras presenciar un hecho ficticio que nos conmueve, se convierte en una reivindicación, porque nos lleva artificialmente a la resolución de conflictos a través de las etapas emocionales que nos provoca. Mientras más compleja sea la dramatización, más efectiva es la catarsis, mientras más exitosa sea la catarsis, más grande será la liberación de tensión y por lo tanto, más efectiva la rendición o aceptación del hecho que nos construyan como problema.

Oscar es un revolucionario preso por querer llevar su vida a la altura de sus ideas. No obstante, se ve de pronto defendido hasta por los conservadores porque en la conciencia colectiva de los y las puertorriqueñas que lo conocen, se ha convertido en el remoto eco de un pasado que se considera derrotado. Oscar en cierta forma se ha convertido en un personaje de ficción desde su aislamiento histórico y desde la apropiación arbitraria que de su figura han hecho muchos desde el Poder. Su persona se propaga como una marca en el mercado y compite con los graffitis pero también con los Billboards. Esto ocurre así porque se ha tomado el objetivo de su excarcelación como un proyecto publicitario y se pretende liberar al revolucionario con un diseño de campaña que usa como modelo las campañas de elecciones y los proyectos de recaudación de fondos de organizaciones sin fines de lucro. Parecería absurdo pero es cierto. Se pretende liberar a un revolucionario anti-sistema construyéndolo como a una marca y se vende su excarcelación como un producto. Se vende a cambio de standing,  como argumento de defensa, o como dato de currículo. Se publicita como accesorio para adquirir reputación como cuando se visten con trajes de diseñador los políticos. Así, Oscar termina separado de todo su contenido político para dejar solo la figura del anciano, el padre y el abuelo inofensivo.

Quiero la excarcelación de Oscar, claro que sí, pero cuando veo que se pierde el sentido de su sacrificio, y se diluye su imagen, ya no me parecería tan urgente hacerme parte de ese coro. ¿Acaso no estamos quitándole el valor revolucionario a Oscar con tal de sacarlo de la cárcel? ¿Qué dice eso de nosotros?

Cuando Oscar López Rivera se separa de su contenido político, pierde su valor colectivo, aunque nunca pierda su valor como ser humano, claro está. Oscar deja de tener valor revolucionario cuando se evoca sin referencia a su lucha política porque exigir su excarcelación deja de ser un acto revolucionario cuando la razones para sacarlo dejan de ser revolucionarias. Sin embargo, la vida de Oscar es valiosa precisamente porque representa la resistencia armada contra el imperio, y no porque sea un anciano que lleva 33 años preso. Cuando buscamos con el rito machacante la disminución del héroe con tal de salvarlo, no solo perdemos el héroe, sino que perdemos también la lucha. Cuando defendemos a Oscar desde la campaña publicitaria, en lugar de defenderlo protestando, haciendo desobediencia civil y conspirando, estamos renunciando a lo que representa el revolucionario y a la importancia de la lucha por su excarcelación. Cuando se trivializa y se diluye como para que sea tragado hasta por los conservadores, pasa a ser un agente más de la catarsis que consigue provocar el Poder en nosotros con la dramatización frívola de la justicia. Todo discurso político convertido en producto de mercado legitima y afianza el poder si se hace rentable y lucrativo aunque el beneficio sea intangible.

Conseguir la excarcelación de Oscar no es trabajo de todos, es lo que quiero decir, sino que se debe entender como la lucha de los y las antiimperialistas, aclarando que el fin de un movimiento antiimperialista debe ser convertir a todos y todas en enemigos del Imperio. Cuando el gobernador de Puerto Rico defiende a Oscar este se convierte en parte del artificio del Poder, se transforma con el espejismo, y como con una película el colonizado consigue canalizar su frustración liberando las presiones sociales como espectador, al identificarse pasivamente con el acto simbólico del administrador de Poder. Al asumirse la excarcelación de Oscar como símbolo desde el Estado, el Estado se disfraza y detiene el desarrollo de fuerzas antagónicas con la concesión que parece darnos.

Al transformar a Oscar en una obra de caridad y/o en un negocio que produce legitimidad política o “standing”, se le quita todo el peso político al gesto de exigir su excarcelación, y parecemos decir que eso de la lucha independentista ya pasó, que ya no vamos a alzarnos, que nos portaremos bien, y que por favor lo dejen ir, cuando lo que deberíamos estar haciendo sería ir nosotros y nosotras a sacarlo.

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