La victoria pírrica de Donald Trump

Por Lautaro Rivara. Sociólogo argentino. Cortesía Blog Todos los puentes.  

«Ni desde el punto de vista político, ni militar, ni moral, Estados Unidos obtuvo victoria alguna. En todo caso, una victoria militar pírrica y una profunda derrota moral». La frase pertenece a Fidel Castro, y fue enunciada en ocasión de la despedida de los mártires cubanos caídos en 1983 defendiendo la isla de Granada, como el 3 de enero de 2026 otros 32 cubanos fueron abatidos defendiendo la soberanía de Venezuela y a su jefe de Estado.

El discurso, que merece hoy ser releído, da una primera llave de acceso a la paradojal situación en Estados Unidos, Venezuela y la región tras la agresión militar del 3 de enero.       

Sin resolución: el persistente impasse político

Es indicativo que el nombre utilizado para bautizar el operativo haya sido “Operación Resolución Absoluta”. Pero el problema de Donald Trump es precisamente ese: que el impasse venezolano no está resuelto, y mucho menos de manera “absoluta”.

Indudablemente el Pentágono se anotó un rotundo éxito operativo, que por otro lado tan sólo demuestra lo que todo el mundo en el hemisferio sabía ya en relación a la abrumadora superioridad tecnológico-militar que ostenta el gran hegemón.

Pero ni Estados Unidos descabezó por completo a la conducción política, ni logró fracturar la unidad del mando militar, ni pudo operar un cambio de régimen, ni ostenta control alguno sobre los territorios y los recursos estratégicos de Venezuela (sobre todo energéticos y minerales).

Aunque muchos y muchas analistas tiendan a confundir las declaraciones altisonantes del mandatario estadounidense con la realidad, basta echar una mirada rápida al panorama venezolano para desmentir la peregrina idea de que “Trump está ahora a cargo de Venezuela”.

De hecho, la ex vice-presidenta Delcy Rodríguez asumió sin sobresaltos como presidenta encargada y fue ratificada en su cargo por todos los poderes del Estado y por todos los sectores de la conducción chavista, incluyendo al Ministro de Relaciones Interiores Diosdado Cabello y al Ministro de Defensa Vladimir Padrino López.

Otro de los problemas del posible pantano al que Marco Rubio y Pete Hegseth han llevado a Trump tiene que ver con el escenario electoral; en noviembre serán las midterms y los sondeos auguran un panorama sombrío para los republicanos, con la posibilidad de perder el control de ambas cámaras a mano de los demócratas.

Lejos de galvanizar a Trump de cara a la opinión pública, el bombardeo de Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro han generado en la ciudadanía norteamericana sentimientos que van desde un entusiasmo destemplado hasta una consistente oposición a nuevas aventuras militares.

Según una encuesta de Reuters, el 72 por ciento de los estadounidenses temen que Estados Unidos se involucre demasiado en Venezuela. Y de acuerdo a un sondeo realizado por The Washington Post, solo el 40 por ciento de la población norteamericana aprueba la agresión; apenas el 24 cree que “Estados Unidos debería tomar control del país y elegir un nuevo gobierno”, y tan sólo el 6 considera que los norteamericanos “deberían decidir el futuro liderazgo de Venezuela”.

Mientras tanto, el 63 por ciento de los estadounidenses consideran que el ataque debió ser aprobado por el Congreso. Si un apoyo genérico de un 40 por ciento nos parece aún demasiado elevado, es necesario contrastarlo con los verdaderos espasmos de fervor patriótico pluripartidista que guerras anteriores –como las de Irak y Afganistán– generaron inicialmente en el electorado local.

Nada de eso está sucediendo ahora, en parte por el paradójico hecho de que Trump llegó por segunda vez a la presidencia prometiendo acabar de manera instantánea con los conflictos abiertos y no embarcar al país en nuevas “guerras eternas”.

Pero el pentagonismo, el espinazo de lo que el propio Trump solía denunciar como el putrefacto deep state, ha retomado un protagonismo belicista sin mediaciones, marginalizando por completo las últimas veleidades aislacionistas del movimiento MAGA.

La improbable bonanza petrolera

Pero el impasse venezolano no sólo es político y militar, sino que es también económico. Trump prometió pero no puede garantizar que la acción armada (no sólo el bombardeo a Venezuela sino la “Operación Lanza del Sur” y la militarización del Gran Caribe en general) generen retornos de corto plazo, con la salvedad ya mencionada de las pingües ganancias del complejo militar-industrial.

Es elocuente que las acciones de algunas de las principales compañías armamentísticas estadounidenses (Lockheed Martin, Northrop Grumman e ITA) hayan cotizado en los mercados al alza al día siguiente del ataque a Caracas.

El problema se relaciona obviamente a la candente cuestión petrolera. Mientras que gigantes como Chevron se han mostrado históricamente reacios a una desestabilización del país que pondría en riesgo sus infraestructuras e intereses y han priorizado negociar con pragmatismo la extracción y refinamiento del crudo con el gobierno de Maduro, otros como ExxonMobil, más involucrados en las también importantísimas reservas guyanesas, se han mostrado más irreductibles con el chavismo.

Como sea, es improbable que una “transición” o “cambio de régimen” propicie una inversión masiva y de corto plazo de estas y otras empresas trasnacionales.

Trump aseguró que la salida de Maduro bajará los precios del petróleo, lo que tendría un impacto positivo en la inflación doméstica y podría reforzar el apoyo de su base electoral. Así, el mandatario prometió resultados “en menos de 18 meses”, aunque anticipó que esto requerirá de “un tremendo volumen de dinero que tendrá que ser gastado”.

Pero esta previsión sumamente optimista y aún no comprobada contrasta con un hecho cierto: una acción militar a gran escala en Venezuela operaría el efecto exactamente contrario, disparando el precio de los combustibles a un nivel incluso mayor al que produjo el inicio de la Guerra de Ucrania.

La efímera vida del «Cártel de los soles»

Otro flanco débil se relaciona con el frente legal. Como es de esperar, Maduro y Cilia Flores serán sometidas a procedimientos seudo judiciales y sobre todo al escarnio público. El establishment requiere dar siquiera una patina de legalidad al accionar extraterritorial de los Estados Unidos, que desde el Corolario Roosevelt de 1904 a la Doctrina Monroe se arroga un rol de gendarme universal.

De hecho hace pocas horas Trump debió aclarar que “no están en guerra con Venezuela”, volviendo a insistir en presentar el bombardeo del país sudamericano –el primero en la historia en esta subregión–, el asesinato de más de un centenar de personas y el secuestro de un jefe de Estado como una acción policial en vez de militar.

El problema pasa por probar penalmente la larga estela de constructos imaginarios, excesos retóricos y denuncias hiperbólicas vertidas contra Maduro, el PSUV y el chavismo en el último lustro, fabricadas como meras argucias para la intervención (“narco-coartadas” que ya analizamos aquí).

La primera víctima de estos excesos fue el tan publicitado “Cártel de los Soles”. Mientras que en la primera denuncia contra Maduro por “narco-terrorismo” elaborada por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos en 2020 el afamado cártel era citado decenas de veces y Maduro aparecía sindicado como su jefe criminal, la nueva acusación abandona discretamente dicha nomenclatura.

Cumplida su función histórica, el mentado cártel tuvo una vida más efímera que las publicitadas “armas de destrucción masiva” de Sadam Husein en Irak.

De temible organización criminal trasnacional, el cártel es degradado en el nuevo indictment a mera “cultura de la corrupción”. Pero si la existencia de redes clientelares y de corrupción son ahora una justificación legal y legítima para la intervención militar, nadie estará a salvo en lo sucesivo.

Pero esta indeterminación no es un error, sino que es el mismísimo corazón de lo que se ha dado en llamar el corolario Trump a la Doctrina Monroe. Cualquier país y gobierno puede ser intervenido en cualquier tiempo y lugar con casi cualquier excusa, siempre y cuando así lo requiera la política exterior del hegemón imperial, como lo demuestra ahora la voluntad manifiesta de apoderarse de Groenlandia y con ella de un acceso preferente a la Ruta del Ártico.

Un artículo del 6 de enero aparecido en The New York Times repara en un hecho clave. Mientras que la definición del “Cártel de los Soles” adoptada por la Casa Blanca y los departamentos de Estado, Justicia y el Tesoro fue meramente político-ideológica (y calcada de manera automática y servil por los gobiernos de Argentina, Ecuador, Paraguay y República Dominicana), ni la DEA ni la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) asumieron nunca la existencia ni la definición operativa de la fantasmagórica organización.

Es decir que la mismísima agencia especializada de los Estados Unidos contra el narcotráfico nunca realizó, en más de cinco años, una sola investigación u operación contra un cártel que nadie, salvo los seguidores adictos a Trump, tomó en serio.

Caído el vértice –el “Cártel de los Soles”– el resto de la denuncia contra una presunta asociación criminal trasnacional acaudillada por Maduro se derrumba con la fragilidad de un castillo de naipes: así como dicha organización no existe, tampoco existe la articulación de intereses ilícitos entre el gobierno venezolano, el Tren de Aragua, el Cartel de Sinaloa, Los Zetas y las disidencias de las FARC o el ELN.

Curiosa acusación ésta última, considerando que el chavismo medió en varias mesas de negociación que buscaban alcanzar un acuerdo de paz y desmovilizar a las guerrillas remanentes en Colombia.

Obviamente que todo esto fue posibilitado por la articulación de los intereses del complejo militar-industrial, las grandes compañías petroleras, la afiebrada imaginación colonial del rey Trump y su corte, junto con el poder casi omnímodo de imponer narrativas que tienen las grandes corporaciones privadas de prensa y las plataformas digitales; de hecho el “Cártel de los Soles” fue un nombre sensacionalista inventado por la prensa amarillista venezolana allá por los años 90.

Pese a las falacias descritas, a las violaciones sistemáticas y flagrantes del derecho internacional, y a los vicios de origen de un proceso penal lanzado contra un presidente secuestrado en un acto de guerra ilegal no aprobado por el Congreso, como en todos los casos de lawfare, la sentencia ya está escrita, y Maduro y Cilia Flores serán condenados por todo lo que Trump, Rubio y Hegseth imputen y requieran.

Coda

Como sea, una victoria pírrica como la que describía Fidel Castro en 1983 puede dar lugar a una larga y traumática estela de derrotas, acelerando el declive hegemónico norteamericano, que encubre en la fuerza de su poderío militar sus cada vez más profundas líneas de fisura; las fallidas intervenciones militares de Estados Unidos en Cuba, en Vietnam, en el Líbano o en Afganistán así nos lo recuerdan.

Así como durante mucho tiempo se habló en Estados Unidos del “síndrome Vietnam”, quizás en el futuro se hable también del “síndrome Venezuela”.

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