Por Walter Alexis Altuve Peñaloza. Escritor venezolano.
El reciente titular difundido por medios como The New York Times y CNN —que afirma un supuesto ataque de la CIA contra un muelle vinculado al narcotráfico del Tren de Aragua en Venezuela— es mucho más que una noticia cuestionable. Es un síntoma de un fenómeno global profundamente arraigado: el uso de la información como arma de guerra psicológica y política.
Desde el inicio, la noticia presenta fisuras estructurales evidentes. Mientras los medios estadounidenses narran una operación quirúrgica contra infraestructuras criminales, dentro de Venezuela no existe registro local, testimonio ciudadano, evidencia visual o informe oficial que corrobore un ataque con drones, barcos o la destrucción de ningún muelle. Esta absoluta desconexión entre la narrativa internacional y la realidad local es la primera bandera roja.
¿Por qué fabricar una noticia así?
La respuesta trasciende lo periodístico y se adentra en lo geopolítico:
1. Crear un marco de justificación: Históricamente, operaciones encubiertas o sanciones se han precedido de campañas mediáticas que construyen un enemigo público (en este caso, el narcoterrorismo). Al presentar a Venezuela como un «narcoestado» con infraestructuras activas, se busca legitimar futuras intervenciones, acciones unilaterales o presiones internacionales.
2. Probar la narrativa y medir reacciones: Lanzar una información a través de medios de prestigio permite a los estrategas políticos observar la respuesta. La contundente incredulidad ciudadana, palpable en miles de comentarios en redes y foros globales, es un dato significativo. El público, hiperconectado y escéptico, ya no digiere pasivamente las versiones oficiales de potencias que han instrumentalizado informaciones en el pasado (casos como las armas de destrucción masiva en Irak están grabados en la memoria colectiva).
3. Debilitar simbólicamente al adversario: Incluso si el hecho físico no ocurrió, el mensaje subliminal se propaga: «Tenemos la capacidad y la voluntad de actuar en tu territorio, y lo haremos como y cuando queramos». Es un golpe a la soberanía percibida, destinado a minar la autoridad del Estado venezolano.
La credibilidad en jaque: El factor ciudadano
El elemento más revelador de este episodio es la reacción del público global. El escepticismo masivo no es solo hacia esta noticia en particular, sino hacia un ecosistema mediático percibido como un brazo extendido de los intereses del Departamento de Estado y la CIA. Los llamados «laboratorios mediáticos» ya no operan en la sombra; su existencia es un entendimiento tácito para una audiencia que ha visto cómo se construyen consensos para la guerra.
Cuando la prensa hegemónica pierde su aura de objetividad y es vista como un instrumento de poder, sufre una erosión crítica. Cada titular no verificable, cada noticia basada en «funcionarios anónimos» sin contraste, alimenta esta desconfianza y fortalece a medios alternativos y voces ciudadanas.
Más allá de la noticia falsa
Calificar esto simplemente como fake news se queda corto. Es un evento de guerra híbrida. No utiliza misiles, sino titulares. No busca destruir un muelle físico (que quizás nunca existió como se describe), sino la credibilidad de un país y la estabilidad de su entorno.
El verdadero «ataque» no fue contra una instalación en las costas venezolanas, sino contra el derecho a una información veraz y contra la ya frágil confianza en las instituciones mediáticas tradicionales. La victoria, en este caso, no la tiene quien controla el relato en las redacciones de Nueva York o Atlanta, sino una ciudadanía global cada vez más capacitada para cuestionar, contrastar y rechazar las narrativas fabricadas.
El episodio deja una lección clara: en el siglo XXI, la trinchera más importante puede ser la de la narrativa, y en ella, los pueblos del mundo están desarrollando anticuerpos cada vez más eficaces.