Jorge Rodríguez*, sus últimas horas de vida

*Jorge Rodríguez es el padre de la pdta. Interina de la República Bolivariana de Venezuela  Delcy Rodriguez

Por Félix Roque Rivero. Escritor venezolano.

Jorge Antonio Rodríguez, líder fundador de la Liga Socialista y de otras organizaciones populares, todas orientadas por el pensamiento marxista-leninista-bolivariano, ha dejado un legado imborrable en el accionar político venezolano y latinoamericano que, con el transcurrir de los tiempos se constituye en guía y faro de luz para los revolucionarios que continúan soñando la utopía posible de un mundo mejor. El Maestro de Carora o “Carorita” como le decían cariñosamente sus compañeros de clase en la Escuela Gervasio Rubio ubicada en el municipio Junín del estado Táchira, fue asesinado a golpes por las fuerzas represivas del gobierno adeco presidido por Carlos Andrés Pérez el 25 de julio del año 1976.

         Jorge fue un político que desde muy joven dio muestras indubitables de su talento natural para la política, a ello unió su vocación para el estudio constante. Era de los que pensaban que, sin pensamiento revolucionario, no habría movimiento revolucionario capaz de tomar el poder. Desde la escuela normalista de Rubio y, luego desde la Universidad Central de Venezuela y de las organizaciones de masas que fundó, Jorge Rodríguez siempre estuvo al frente de las manifestaciones populares en defensa de la soberanía de Venezuela, la lucha contra la corrupción y la desaparición y tortura a los dirigentes políticos que adversaban a los gobiernos adeco-copeyanos de la Cuarta República.

Un practicante del internacionalismo proletario, como cuando recibió a la compañera de Miguel Enríquez, Carmen Castillo, Secretario General del MIR de Chile, muerto en combate, luchando contra la dictadura de Pinochet. Jorge Rodríguez fue uno de los fundadores del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y de la Organización de Revolucionarios (OR). Desde la cárcel de Sabaneta ubicada en Maracaibo, estado Zulia, liderizó una huelga de hambre por la libertad y respeto de los presos políticos. Desde la Liga Socialista libró grandes y certeros combates democráticos y revolucionarios contra la falsa nacionalización de la industria del petróleo a la que calificó, coincidiendo con el Dr. Pérez Alfonzo, uno de los fundadores de La OPEP, de “chucuta”. Organizó la Gran Marcha Nacional Antiimperialista que recorrió todo el país desde el Oriente para culminar el en estado Zulia, concretamente en la empobrecida Cabimas, centro importante de explotación y procesamiento de petróleo. Fue el artífice del Primer Pleno Obrero de la Liga Socialista. La Liga de Mujeres y el Movimiento de Pioneros fueron hechura de su capacidad organizativa. También fue el creador del Movimiento Estudiantil por la Unidad del Pueblo (MEUP).

         Un grupo de comandos revolucionarios, denominado “Argimiro Gabaldón”, el 26 de febrero de 1976, había procedido a la captura y secuestro del empresario norteamericano William Frank Niehous, Gerente General de la empresa procesadora de vidrios, Owens Illinois. Se acusaba a este ciudadano, de ser agente de la Central de Inteligencia Americana (CIA). Fue uno de los secuestros más largos ocurridos en Venezuela, duró un poco más de tres años.

El gobierno de Carlos Andrés Pérez, a quien también se involucraba en las presuntas acciones injerencistas del gringo, inició una cacería para dar con los culpables de aquella acción revolucionaria. Así, montaron un aparato de inteligencia policial-militar selectivo donde pusieron como objetivo primordial, apresar a Jorge Rodríguez, vinculándolo con el secuestro. Esto se concreta producto de una delación, de esas que se obtienen reventando huesos pero que no se justifican.

         Corría el día 21 de julio de 1976, se conmemoraba la fecha aniversaria del Día de los Mártires, Jorge viaja a la ciudad de Boconó, estado Trujillo. Fue un viaje trabajoso, lleno de sobresaltos eludiendo las miradas de los policías y guardias nacionales en los puntos de control. En el acto al cual había sido invitado, Jorge pronuncia un hermoso y combativo discurso en homenaje a Fabricio Ojeda, mártir de la Revolución Venezolana, asesinado en un calabozo del palacio Blanco de Miraflores en la ciudad de Caracas. En la madrugada de este día fue detenido el revolucionario David Nieves Banchs junto a Iván Padilla Bravo; ambos son llevados a una casa en el Litoral Central de La Guaira (hoy estado La Guaira) y sometidos a crueles y salvajes torturas.

         El jueves 22 de julio de ese año 1976, Jorge, a sabiendas de que lo estaban persiguiendo, se citó telefónicamente con el poeta Juan Medina Figueredo, quien luego asumiría la Secretaría General de La Liga Socialista, Agustín Calzadilla, Presidente de la Asociación de Derechos Humanos y amigo de Jorge, defensor incansable de los derechos fundamentales del hombre y con la compañera de David Nieves, Sara Godoy. Ese encuentro se realizó en las inmediaciones de la Iglesia San Pedro, en Los Chaguaramos. Era de noche. David Nieves, importante dirigente revolucionario, compañero del Maestro, se encontraba misteriosamente desaparecido, no respondía a los llamados y tampoco se reportaba a las estafetas y conchas, que procedieran a la denuncia ante los medios de comunicación, la Fiscalía y los organismos a cargo de as establecidas. Jorge esa noche impartió instrucciones precisas de resguardo y localización. Había que advertir e informar a la familia de David Nieves la defensa de los derechos humanos. Acto seguido, abordó un vehículo y se perdió en la espesura de la noche.

         El día viernes 23 de julio, en horas de la mañana, Jorge va a la Universidad Central de Venezuela. En la Escuela de Sociología funcionaba la sede del Movimiento por la Unidad del Pueblo (MEUP). Allí se le ve compartir con varios de sus compañeros. Conversa animadamente con el profesor Oscar Battaglini. Su valentía era de tal aplomo y naturaleza que, pese a saberse perseguido, se permite hacer chistes y compartir orientaciones políticas a ser ejecutadas por los jóvenes dirigentes estudiantiles. Le dejó un “recado” al poeta Medina para verse en horas de la tarde en la casa de la Liga Socialista en Catia.

         Ese mismo día, pasada la una de la tarde, con un escuadrón de la muerte de la policía política pisándole los talones, Jorge va a la sede de La Liga Socialista ubicada en el sector Alta Vista de Catia. Allí tiene una larga reunión de trabajo con varios compañeros de la Dirección Nacional. Conversa con Marelys Pérez Zambrano y Esther Añez Macías, dirigentes nacionales de la Liga de Mujeres. Revisan las tareas pendientes. Jorge realiza un pormenorizado informe de la situación política; hace hincapié en los planes policiales-represivos del gobierno ante el asunto del secuestro. Se muestra preocupado, pero a la vez optimista. Allí, justo en el espacio destinado a la Escuela de Cuadros donde impartió muchas clases, El Maestro caroreño, con su verbo fluido, donde casi nunca faltaba la chanza y las frases alegres y de sentido picaresco, pero también la reflexión profunda y seria, con aquella mirada que lo abarcaba todo, haciendo gestos con sus manos morenas, alertó sobre la ola represiva que se avecinaba. Su voz retumbaba fuerte y sonora en aquel recinto que era como un semisótano. Jorge terminó su disertación y respondió algunas preguntas. Luego vino el cafecito y los apretones de mano y el abrazo.

         Ya para las cinco de la tarde, Jorge se dispuso a marcharse y buscar resguardo. Se le veía seguro en su andar y su rostro color de chocolate, mostraba la alegría por vivir que era como su sello. La sencillez de aquel revolucionario brotaba por doquier. Varios compañeros pintaban pancartas en el piso y Jorge saludaba a todas y todos. Su liderazgo era indiscutible, infundía respeto y amor hacia los demás; nunca un desplante. Aunque tenía su carácter, sabía controlar sus emociones y de sus labios siempre salía la frase certera para orientar, aconsejar. Así, entre apretones de manos, Jorge llegó a la amplia puerta de salida. Sería la última vez que trabajaría en la sede de la Organización política que había fundado en 19 de noviembre de 1973.

Aquel día, viernes 23 de julio, ya casi con la puesta del sol, Jorge y sus compañeros iniciaron lo que sería el último viaje juntos. A bordo de un Volkswagen de color azul turquesa, El Maestro Jorge Rodríguez, el poeta Juan Medina Figueredo, Marisol Laprea, Ana Elvira Pérez y el conductor, Cruz “Cucho” Moreno, empezaron a bajar la cuesta de Alta Vista. Era viernes y en los barrios de Caracas la música de salsa suena en cada esquina. El agua corría por las cunetas. Algún borracho en una esquina, cerveza en mano, piropeaba las muchachas al pasar. La gente caminaba despacio regresando de sus trabajos, el pequeño vehículo circulaba sinuoso; dentro, apretujados por el destino, la irracionalidad venía detrás de ellos, les señalaba de manera terrorífica, la muerte los velaba de manera intermitente como escribió Saramago. Al llegar a la avenida Sucre de Catia, frente a la Escuela Miguel Antonio Caro, los intercepta una comisión fuertemente armada de funcionarios de la DISIP. Un motorizado los encañona con una potente pistola y les ordena bajarse del vehículo. A Jorge, el poeta Medina y a Cucho los introducen en el asiento trasero de un carro marca “Nova”. Ya en la autopista, a la altura del Seguro Social del Tropezón, se detienen; allí sacan a Jorge del “Nova” y lo introducen en un jeep que parte a toda velocidad con rumbo a La Guaira. A Cruz Moreno y al poeta Medina los llevan a la sede de la DISIP de Los Chaguaramos. Sus captores, entre los cuales había unos delatores, traidores comprados por los servicios de inteligencia policial, no perdieron tiempo y, ese mismo día, en horas de la noche iniciaron sus sesiones salvajes de torturas, tratando de obligar a Jorge a que les declarara lo que ellos querían escuchar y a que firmara una declaración de culpabilidad, seguramente ya redactada por ellos.

         El sábado 24 y domingo 25 de julio continuaron las torturas. Las magulladuras encontradas en las muñecas de sus brazos permiten pensar que su cuerpo maniatado fue colgado tal vez de un árbol o en un poste. Tenía quemaduras de electrodos y de cigarrillos en varias partes de su cuerpo. En su abdomen presentaba una enorme mancha oscura, la autopsia demostró que le habían destrozado el páncreas, el hígado, los riñones. En su boca no quedó un solo diente ni un molar. En la noche de aquel domingo su cuerpo fue lanzado en un calabozo de esos que llaman “tigritos” que era ocupado por “un italiano” al cual sacaron y colocaron en otro calabozo. Allí, entre quejidos, en una vieja y sucia colchoneta y producto de la hemorragia interna, la vida física de Jorge se fue extinguiendo.

         El lunes 26, como a las nueve de la mañana, Carmelo Laborit, presidente de la Liga Socialista, Oscar Battaglini, miembro de la Dirección Nacional y quien suscribe, fuimos al despacho del Dr. José Vicente Rangel ubicado en el centro de Caracas. El Dr. Rangel nos recibió y Carmelo le informó de la desaparición de Jorge y de Cruz Moreno, dirigente nacional y Coordinador del MEUP. De inmediato José Vicente llamo por teléfono al Fiscal General, Dr. José Ramón Medina, hablaron de manera breve. Al colgar el teléfono, José Vicente nos miró apesadumbrado y dijo de manera lacónica y triste: “Está muerto”. Carmelo le preguntó: ¿Quién, Cruz Moreno?, a lo que aquel digno periodista respondió con la voz quebrada: “No, Jorge Rodríguez”. Los cuatro nos abrazamos y las lágrimas corrían por aquellos rostros duros y serenos. De inmediato nos fuimos a la morgue de Bello Monte y allí, colocado en una batea de aluminio, ya autopsiado, estaba el cadáver de Jorge. Fue terrible estar frente a su cuerpo inerte. Verlo allí, tirado como un fardo cualquiera, con rastros de sangre en su piel, su cuerpo desnudo y frío. Aún así, los esbirros de la policía, como temiéndole, lo custodiaban como para que no se les escapara, no sabiendo ellos que Jorge los había vencido con su silencio, su lealtad y con su dignidad. Jorge, al decir del poeta Juan Medina, había cruzado la delgada línea que existe entre la vida y la muerte logrando traspasarla victoriosamente.

         En horas de la tarde de aquel lunes 26 de julio, el ministro de Relaciones Interiores, Octavio Lepaje dio una rueda de prensa donde anunció, con un cigarrillo entre los dedos y con voz temblorosa y llena de miedo que “Jorge había muerto de un infarto, producto de los excesos de los agentes que lo interrogaban”. Esta maniobra del ministro adeco fue desmentida valientemente por el abogado defensor de los derechos humanos, Agustín Calzadilla, quien entrego a los medios de comunicación, copia del informe médico-forense que daba cuenta de los destrozos mortales en la humanidad de Jorge, producto de las salvajes torturas a que fue sometido.

         El martes 27 de julio, el cuerpo de Jorge fue llevado al Aula Magna de la UCV, aquel recinto donde había pronunciado hermosos y contundentes discursos; donde había brillado como Delegado Estudiantil ante el Consejo Universitario de la Universidad Central de Venezuela. Allí su cuerpo, cubierto por el tricolor patrio, con las butacas repletas de compañeros que contemplando los Módulos de Kalder, entonaban a viva voz las notas del Gloria al Bravo Pueblo y de la Internacional Socialista y Proletaria. Esa tarde cubierta por la tristeza y la rabia se apareció Cruz Moreno, quien se fundió en abrazos y sollozando rindió honores al Maestro. En la noche, un comando de revolucionarios, encabezado por Julio Escalona, Secretario General de la OR, se hizo presente y las puertas del Aula Magna se cerraron y las luces bajaron de intensidad; rindieron homenaje a Jorge y así como llegaron, desaparecieron en la oscurana. Allí, el niño Jorge Rodríguez, hijo del Maestro, leyó un poema que resumía el dolor por la partida del Padre.

         El miércoles 28 de julio, como a las diez de la mañana inició el cortejo fúnebre de Jorge hacia el cementerio General del Sur. En hombres de los camaradas y con cantos revolucionarios, Jorge se enfrentaría otra vez a sus enemigos y asesinos que intentaron secuestrar su cadáver en la avenida que conduce al cementerio. No pudieron y allí, en aquella ladera que miraba al cielo, se realizó la siembra de Jorge Antonio Rodríguez, un líder que selló sus labios para morir como mueren los verdaderos revolucionarios:  digno e inmaculado. Al despedirlo, con su puño en alto y la voz potente como un trueno, Carmelo Laborit y todos gritamos: ¡El Socialismo se conquista peleando, peleando hasta vencer, que el pueblo organizado conquistará el poder!

         La justicia burguesa fue benévola en el castigo a los asesinos de Jorge Rodríguez. Casi cincuenta años han transcurrido desde aquel vil y horrendo crimen. Penas irrisorias, eximentes y tramposerías procesales para atenuar la culpa de los autores materiales y encubrimiento cómplice para impedir el castigo a los autores intelectuales. Un gobierno representante de un Estado oprobioso, abusador y negador de los derechos fundamentales de la ciudadanía permitió que aquellos asesinos a sueldo, acabaran con la vida de un hombre bueno y al propio tiempo, las argumentaciones jurídicas y judiciales, fueron débiles y alcahuetearon las posiciones aberrantes de quienes defendieron a aquellos monstruos. La Comisión de la Verdad creada en revolución debe solicitar la apertura y reinicio de las averiguaciones que conduzcan al juzgamiento aleccionador, desde lo procesal penal y ético, de quienes acabaron con la vida de Jorge. La Constitución de 1999 establece que los crímenes de lesa humanidad son imprescriptibles. No es venganza lo que se plantea, cuando sí justicia, en el marco del nuevo Estado de Derecho Social y de Justicia.

         Quienes tenían la obligación de aplicar con todo rigor las penas máximas previstas en la legislación penal, sucumbieron a las presiones de un Estado irresponsable que amparó las acciones de los torturadores de Jorge: Henry López Sisco, Guillermo Zambrano, Braulio Gudiño, Juan A. Diaz y Itamar Ramírez. También de los autores intelectuales: Octavio Lepaje, Arístides Lander, Humberto Gifunni, los que impartieron las órdenes de torturar y asesinar a Jorge Rodríguez. También aquellos que desde el control de los medios de comunicación desinformaron y hasta justificaron el horrendo crimen. Aquellos hombres oscuros, sin almas, escupitajos humanos que babeando sus miedos golpearon a Jorge hasta acabar con su vida, tal vez hayan dado con sus huesos a algún recóndito lugar don no penetre la luz. Quizás no valga la pena ni mencionarlos. A diferencia de ellos, la alegría contagiosa de Jorge, su humildad y carisma, su irreductibilidad de revolucionario, su ejemplo pétreo, importa mucho más en la trascendencia de lo justo y necesario de una humanidad que ha dicho basta y ha echado a andar.

         Sobrados motivos existen en el accionar de Jorge Antonio Rodríguez para estar en el Altar de la Patria, al lado de El Libertador y demás hombres y mujeres dignos que han contribuido con su ejemplo de patriotas a darnos Patria. Allí, en ese recinto sagrado donde deben estar los paladines militares y civiles, poetas y científicos, atletas y cultores, mujeres y hombres de grandeza insólita, irá el Maestro de Carora, el conductor de masas, el hombre cuyo silencio salvó la vida de muchos.

         Con Alí Primera decimos: “Los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos, y a partir de este momento es prohibido llorarlos”. Honor a Jorge Rodríguez, el Maestro de Carora, ejemplo de lealtad y dignidad a toda prueba.

Táchira, septiembre 7 de 2025.

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