Infierno en la tierra

Por Leonardo Parrini. Escritor ecuatoriano.

Al gobierno de Donald Trump le bastó la “colaboración” de testigos protegidos por la ley norteamericana que cumplen condena en las cárceles de Estados Unidos, más el “testimonio” de personajes del mundo del hampa internacional para inculpar a Nicolás Maduro, convertido hoy en rehén del sistema judicial estadounidense. Con una inculpación eminentemente ideológica, no fueron suficiente pruebas judiciales fácticas, o actos de flagrancia, para convertir a un presidente sudamericano en reo político con un pronóstico penal muy poco halagüeño.

Infierno con barrotes

Hoy el ex presidente de Venezuela reside como cautivo en una cárcel de alta seguridad, el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn MDC, un lúgubre edificio de 12 pisos ubicado en el barrio Sunset Park de New York, administrado por la Oficina Federal de Prisiones, división del Departamento de Justicia de Estados Unidos, considerado por el personal judicial y penitenciario norteamericano como “el infierno en la tierra”.

El MDC está rodeado de calles de constante tensión urbana. La celda de Maduro se encuentra localizada en el décimo piso de un área destinada a la Unidad de Alojamiento Especial SHU, por tratarse de “un reo de alto perfil”, bajo vigilancia extrema. El privado de libertad permanece en una celda de 2×3 metros, en un recinto sin ventanas que dispone de una cama metálica fija al piso, con una colchoneta de 5 centímetros de grosor, una cobija de lana, una almohada de 2 pulgadas de grosor, un inodoro, un lavamanos, y una pequeña mesa.

El pabellón sufre de constantes cortes de energía eléctrica y, por tanto, de calefacción y aire acondicionado. Las puertas metálicas de la celda de alta seguridad disponen de un espacio para ingresar un plato de comida que debe ser consumida en el mismo sitio. Los vecinos, sujetos de alta peligrosidad, son procesados por crímenes, tráfico de drogas y otros delitos contra la “seguridad internacional”, que sistemáticamente hacen sentir su presencia con amenazas a los otros reclusos, mientras los guardias carcelarios solo hablan inglés y lo estrictamente necesario sin llegar a intimar con los presos. Maduro, con 63 años de edad, es un blanco fácil de abusos, extorciones y enfermedades, en un ambiente insalubre infestado por plagas de insectos y roedores. El MDC acumula un extenso historial de violencia intracarcelaria, abusos y trato infrahumano. Nicolás Maduro permanece 24 horas del día vigilado por guardias y cámaras de seguridad para evitar suicidio, o atentados a su integridad personal por parte de otros reos.

Rutina diaria   

Sin privilegios, excepto la autorización de vestir un jeans, camisa, gorra y zapatos deportivos en lugar del uniforme carcelario color caqui, por cuanto Maduro aun no es un preso condenado sino en etapa de enjuiciamiento. El reo no tiene control de los horarios de comida, aseo, y necesidades biológicas, salvo la disposición de sus carceleros. La atención médica y dental es deficiente y tardía. Maduro está autorizado a tres duchas semanales, bajo vigilancia de guardias penales. No dispone de comunicación con el exterior de la celda y no se le permite acudir al comedor común con otros reos. La comida consiste en un desayuno de café y sándwiches fríos. El almuerzo es un plato de carbohidratos con ensalada cocida y salchicha, la merienda es algo similar. El protocolo higiénico carcelario le permite mandar cada dos días su ropa a la lavandería del penal y solo puede permanecer con una muda de ropa en su celda.

La rutina diaria del reo consiste en permanecer 23 horas del día en la celda en aislamiento absoluto, con la opción de disponer de una hora diaria para aseo, visita de sus abogados y caminar en una sotea de altos e infranqueables muros alambrados.

La justicia estadounidense presume que Nicolás Maduro dispone de una valiosa información que entregar a las autoridades norteamericanas, situación que lo convierte en un eventual “testigo protegido” a cambio de una reducción de la condena.

Todo en el MDC de Brooklyn está concebido para quebrar psicológica y físicamente la resistencia del reo, reducirlo a un ente sin identidad, y sin capacidad de situarse en la realidad, absolutamente vulnerable y vulnerado, con inminente riesgo de psicopatías o auto exterminio.

La reclusión de Nicolás Maduro representa un hecho extremo por su forma y contenido de haberse ejecutado. Más allá de su postura ideológica, sus decisiones políticas como mandatario o sus errores personales, la historia deberá juzgar si es proporcional a su condición humana la permanencia definitiva en el infierno en la tierra.

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