Por: Jorge Luis López. Periodista venezolano.
CEREZAL / CUMANÁ.— El dolor deja huellas profundas, pero las manos que crean también tienen el poder divino de remendar el alma. Cuando la tierra estremecida sembro la angustia en La Guaira y Caracas, despojando a familias enteras de sus certezas más íntimas, desde las entrañas del estado Sucre brotó una respuesta hecha de retazos, hilo, amor y memoria campesina.
Bajo la bandera del Plan Especial «La Ruta de la Esperanza», el Movimiento de Muñequeras y Artesanas del estado Sucre emprendió un viaje que superó los kilómetros geográficos para adentrarse en la geografía del afecto. No llevaban cargamentos fríos ni protocolos distantes; llevaban en sus brazos criaturas de tela, figuras moldeadas con la calidez del hogar sucrense, destinadas a devolverle la sonrisa a quienes lo habían perdido todo.
La herencia de la tela y el color
En el corazón de esta cruzada destaca la voz y el temple de Milena Henríquez, cultora y artesana de la comunidad de Cerezal, cuya vida es un testimonio de resistencia cultural y generosidad comunitaria. Con cinco décadas de saberes a cuestas, Milena lleva el oficio inscrito en el ADN familiar.
«Mi experiencia como artesana es un oficio de familia», rememora Milena con la serenidad de quien conoce la historia de su pueblo. *«Mi madre, que todavía vive y tiene 98 años, se inició en esto dentro de la comunidad. En los años sesenta, la difunta Berta Vargas fue fundadora de la muñeca artesanal de las negritas. Pero mi mamá empezó a hacer las muñecas de otro color. La señora Berta fue a la casa a verlas y se alegró, aunque decía entre risas que ella era negra y no haría muñecas de otro color sino pura negra».
Aquel contrapunteo de creatividad marcó la infancia de Milena. Tenía a penas ocho años cuando su madre le enseñó a coser, pegar y rellenar. A los once o doce años, su vida dio un vuelco definitivo: su madre le compró su primera máquina de coser, «fiada a un turco», cuenta con nostalgia. Entre los dos turnos de la escuela y los tiempos libres, las manos infantiles de Milena comenzaron a dar forma a un arte que más tarde vestiría de identidad a todo un estado.
Un movimiento de manos unidas
El camino no fue solitario. Con el paso de los años, el saber individual de Cerezal se articuló con el movimiento cultural regional y nacional. Con la guía de figuras como Omaira Gutiérrez y el recuerdo vivo de Amada Rojas Vargas, las artesanas salieron del anonimato, encontrando espacios en la Casa de la Diversidad Cultural y tejiendo redes que hoy abarcan los 15 municipios del estado Sucre.
Hoy, a través del Frente de Mujeres Amada Rojas Vargas, Milena asume con orgullo la responsabilidad de ser multiplicadora. Para ella, el conocimiento no es un patrimonio celosamente guardado, sino un río que debe fluir hacia las escuelas, liceos, universidades y talleres de calle.
«Lo que yo sé lo tiene que saber otro, porque no me lo voy a llevar jamás. Ese es el deber ser como cultora, como artesana y como madre», afirma con contundencia. Sus propios hijos continúan la tradición, demostrando que el relevo generacional en Sucre está asegurado.
El milagro de la muñeca de trapo en «La Ruta de la Esperanza»
Fue precisamente esa vocación de entrega la que se movilizó de manera voluntaria y espontánea ante la tragedia vivida por los niños, niñas, adolescentes y adultos mayores en La Guaira y Caracas. Las artesanas de Sucre no lo pensaron dos veces: encendieron sus máquinas, desempolvaron sus telas y pusieron el corazón en cada puntada.
Para Milena y sus compañeras, la empatía nació del recuerdo propio. Sucre bien conoce el impacto de la naturaleza; la memoria del terremoto de Cariaco sigue latente en el pecho colectivo. «Nosotras ya vivimos aquí el terremoto de Cariaco… tenemos la experiencia de cosas tan fuertes», reflexiona. Por eso, el gesto no fue una simple donación, sino un acto de profunda hermandad de quienes saben levantarse del polvo.
Al llegar a los refugios y comunidades afectadas en La Guaira dentro de «La Ruta de la Esperanza», la magia de la artesanía popular hizo lo suyo.
«Vimos las expresiones de unos niños que estaban como fuera de sí, porque no tenían la casa donde estaban. Pero los atrajimos con nuestros juguetes y cambiaron totalmente su forma de ser», relata Milena con la emoción a flor de piel. «Una muñeca de trapo moviliza el alma. Hicimos entrega incluso a adolescentes y personas adultas, porque en ese momento todos requerían un pequeño aporte de amor de estas mujeres laboriosas».
Un llamado a crear y sanar
La travesía de «La Ruta de la Esperanza» deja una enseñanza profunda: el juguete artesanal no es un objeto inerte, sino un bálsamo terapéutico, un puente de comunicación y una herramienta de sanación emocional tanto para quien lo recibe como para quien lo crea.
Al cerrar el diálogo, Milena Henríquez deja una invitación abierta a todas aquellas mujeres y hombres que aún no se han sumado a este movimiento telúrico de solidaridad:
«Crear una pieza artesanal te hace vivir una vida feliz de niño, te devuelve a tu niñez. Les digo que se unan, este es un trabajo para todos. Los niños de verdad necesitan un poquito de amor de todos nosotros».
En cada muñeca confeccionada en Cerezal y entregada en La Guaira queda sellado un pacto silencioso: mientras existan manos dispuestas a coser con amor, la esperanza en Venezuela jamás perderá su rumbo.