Retazos de consuelo: las manos de Yulia cosen esperanza para los niños del terremoto

Por Jorge Luis López. Periodista venezolano.

El ruido de las tijeras cortando retazos de tela se mezcla con el murmullo de complicidad y risas compartidas. En el taller del Movimiento de Muñequeras y Artesanos «Dominga Salazar», que activa en la sede del Gabinete Cultural en Cumana, el ambiente huele a solidaridad, a hilos que unen voluntades y a una profunda necesidad de sanar. Allí, entre costuras de colores y algodón para rellenar almohadillas, se encuentra Yulia Peñalver. Con la mirada noble de quien ha caminado pasillos de teatro y senderos de gestión social, Yulia dobla una pieza de tela floreada. Cada puntada que da no es solo costura; es un intento consciente de remendar el alma herida de un niño al otro lado del país.

Yulia se sumó a este movimiento hace apenas siete meses, entusiasmada por un grupo de compañeras. Sin embargo, lo que comenzó como un hermoso oficio artesanal cobró una urgencia vital tras los fatídicos terremotos del pasado 24 de junio, que sacudieron con fuerza a Caracas y, de manera devastadora, a La Guaira. «Ahorita estamos haciendo unas muñecas para los niños de Vargas por este terrible terremoto», relata Yulia, con una voz que viaja entre la melancolía y la determinación. «Para darles una alegría. En estos momentos, esos niños se sienten deshechos, perdieron a sus familiares, quedaron muy desamparados».

El eco de la tragedia en el alma de una madre

Para Yulia, la tragedia de Vargas y la capital no es una noticia lejana que se lee en la prensa o se ve en la televisión. Ella lleva el mapa del dolor venezolano grabado en la piel. Originaria de Barrio Blanco, en Cumanacoa, el mismo rincón que hace exactamente dos años vivió el azote de las inundaciones, sabe muy bien lo que significa ver que el mundo propio se viene abajo en un instante. Además, el destino la hizo testigo directo del terremoto de Cariaco en 1997.

«Estaba embarazada y el niño me nació casi ahí, de broma», recuerda, y el cuerpo se le tensa al revivir el impacto. Por eso, al enterarse de la magnitud de este nuevo desastre en la zona central del país, el golpe fue espiritual y físico: «Se me partió el alma. Mi cuerpo no es el mismo de antes. Ha sido un desastre demasiado grande».

Pero es precisamente allí, en la vulnerabilidad, donde emerge la inquebrantable condición humana de la mujer venezolana. Donde muchos ven escombros y desolación, Yulia y sus compañeras ven una oportunidad para manifestar la maternidad colectiva.

«Todas nos unimos. Un pedazo de tela aquí, otro allá, y vamos haciendo las muñecas poco a poco», explica con una sonrisa que desafía la tristeza. Al describir a su grupo, el rostro se le ilumina: «Esa relación es espectacular. Con algunas tengo apenas meses conpartiendo y es como si tuviera añales conociéndolas. Estas mujeres son increíbles, laboriosas».

Muñecas de trapo: la memoria del afecto

Para esta cumanesa de adopción, lleva ya 25 años en la capital sucrense, trabajando con mística desde hace 14 años en el Teatro Luis Mariano Rivera, la muñeca de trapo es un símbolo de resistencia y amor puro. No es un juguete plástico, frío y fabricado en serie; es un objeto cargado de memoria.

«Me siento muy alegre haciendo esto porque cuando yo estaba pequeña, esas eran las muñecas que nos daban para jugar. En aquellos momentos de crisis, cuando no había recursos, nuestras abuelas nos hacían esas muñecas. Volver a ellas me llena de felicidad», evoca, conectando su propia infancia humilde con el presente de los pequeños damnificados.

A través del Plan «La Ruta de la Esperanza», estas piezas artesanales y almohadillas viajarán desde el oriente venezolano para convertirse en el primer refugio afectivo de un niño que lo perdió todo. Es el abrazo silencioso de una madre ausente, el soporte para una cabeza cansada de llorar.

La fe puesta en el mañana

Al preguntarle por un mensaje para aquellos padres y madres que hoy buscan entre los escombros o lloran ausencias irreparables, Yulia baja la mirada por un segundo, buscando las palabras correctas en el fondo de su propio instinto maternal.

«Poco a poco se van sanando las heridas», dice con una madurez nacida del propio suelo agrietado. «Esos seres ya no vuelven, pero uno se queda con ellos en el alma, recordando los momentos bonitos. Uno se siente mal, como si fueran hijos de uno, porque una es madre. Y uno no quiere que le pase nada a nadie».

Sin embargo, la crónica de estas jornadas de costura no cierra con dolor, sino con una profesión de fe. Mientras sus dedos acomodan el cabello de estambre de una nueva muñeca, Yulia despide la jornada con la certeza de las mujeres que no se rinden: «Mi mayor satisfacción es haber conocido a estas mujeres maravillosas que me enseñaron a hacer estas muñecas para donarlas a esos niños que se sienten desamparados… Pero Dios es muy grande. Ahí, en esos escombros, todavía hay gente que va a salir viva en el nombre de Jesús».

Mientras tanto, en Cumaná, la aguja sigue cruzando la tela. Cada puntada es un latido; cada muñeca, un pedazo de la ruta que devuelve la esperanza.

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