Realidad brutal y horrores detrás del chocolate

Por Reinaldo Spitaletta. Periodista y escritor colombiano.

El primer ministro de Canadá, Mark Joseph Carney, en la reunión de ricachones de Davos, habló de una nueva (?) “realidad brutal” que se riega como combustible por el mundo; en la novela El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, Kurtz, casi que, con sus últimas palabras, exclama: “¡Ah, el horror! ¡El horror!”. Y, para no abundar en horrores y brutalidades, digamos que —aunque una legión de insensibles cierra los ojos ante ellos— los genocidios más recientes nos siguen perturbando: el de Gaza y el de Sudán.

Gaza, según Donald Trump, mandamás mundial de hoy, encarnación obscena de esa realidad brutal, junto con sus adláteres, será un “resort”. Así que no habría por qué preocuparse por conceptos de civilización ni por los de barbarie. Lo dicho por Discépolo no está demás, “el mundo fue y será una porquería”. Lo es ahora y lo ha sido desde cuando las riquezas de los pueblos se erigieron como su enemigo fundamental y los pusieron en las garras de los agresores y depredadores.

Por ejemplo, en los tiempos del caucho, novelas como La vorágine y la mencionada de Conrad son un pálido reflejo de la realidad, en la que el genocidio fue pan cotidiano. Ambas obras, un portento de la literatura, ponen en evidencia, por ejemplo, la descomposición moral como la irracionalidad a las que, por disímiles factores, llegó la “civilización”. Las dos, en su magnificencia, se erigieron como un doloroso alegato contra el colonialismo y el imperialismo.

Y en este punto, en donde caben tantos arrasamientos, invasiones y despojos, podemos hacer una pausa en el terror contemporáneo y, a modo de flashback, sondear en las acciones de un genocida, tal vez uno de los mayores de la historia, como fue Leopoldo II de Bélgica, al que, con su acción y empresa “civilizadora” se le atribuyen unos quince millones de muertos en el Congo, sí, en los tiempos del horror, “¡ah, el horror!”.

Genocidio hubo en las selvas amazónicas en los días tenebrosos de la Casa Arana, del que José Eustasio Rivera da cuenta en su obra, como, en otras circunstancias históricas, sucede hoy en Sudán y en Palestina. Hace poco, alguien que vino de paseo por Bélgica me trajo unos chocolates de Amberes, en forma de mano cercenada. Y aunque son un placer al paladar, hay detrás de ese sabor y esa forma más de una conexión que no solo es con la mitología, sino con la historia.

Las inocentes manos de chocolate —relacionadas con creencias antiguas y folclóricas de Amberes— albergan una historia que se remonta a fines del siglo XIX e inicios del XX, cuando a Leopoldo II, tan civilizado él, rey de Bélgica, la Conferencia de Berlín de 1885 lo declaró como soberano del Estado Libre del Congo, su colonia privada. Y después, la importancia estratégica del caucho en el orbe, lo convirtió en el gran capataz de esa porción de África.

La explotación de los congoleños a través de empresas como la Anglo-Belgian India Rubber and Exploration Company (Abir) y la Société Anversoise du Commerce au Congo (SCA), con sede en Amberes, desembocó en una mortandad inverosímil. El mismo reyezuelo se fotografiaba con negros a los que les habían cortado la mano derecha, por ladrones, según los colonialistas. La esclavitud y la barbarie se entronizaron en este país africano, que se liberó de Bélgica en 1960, bajo el liderazgo de Patricio Lumumba.

Mal contada, cerca de 15 millones de congoleños fue la cifra de horror del genocidio perpetrado por Leopoldo II. Entre los sobrevivientes, a algunos les faltaba una mano. Hay fotografías del reyecito, de sombrero y muy de blanco vestido, posando con alguno de ellos. La novela de Conrad, “acaso el más intenso de los relatos que la imaginación humana ha labrado”, según Borges, es un pálido reflejo del horror y del espanto que se esparcieron por aquel país en tiempos del —ese sí bárbaro— Leopoldo de Bélgica.

Recordemos que el legendario —y novelado— irlandés Roger Casament fue de los pioneros en la denuncia de los horrores del colonialismo belga y de otros, como el de la Amazonia. Mario Vargas Llosa escribió la novela El sueño del celta sobre este personaje histórico. Los informes de Casament describieron las masacres, la esclavitud, los castigos inhumanos (como ese, de cortar las manos), las violaciones a niñas y adolescentes y los hombres quemados vivos, entre tantos otros crímenes del imperialismo.

Casament, sabedor del infierno descrito por Conrad (los dos lo compartieron), supo con creces en qué consistían la “civilización, el cristianismo y el comercio libre” que los europeos llevaron a África. Todavía, después de tantos dolores y miserias, seguimos viviendo por acá y por allá la “realidad brutal” impuesta por el imperialismo de viejo y nuevo cuño.

Valga decir —después del “¡horror, el horror!”— que las golosinas de Amberes en forma de mano son una delicia.

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